El carismático Sherlock Holmes de Guy Ritchie (Snatch, cerdos y diamantes) vuelve con la intención de cerrar algunos temas que se quedaron abiertos al final de la exitosa primera entrega. Esta segunda parte va camino de no desmerecer, ni mucho menos, la notable aceptación de su antecesora.
El tema central de la película es la dualidad entre Holmes y el profesor James Moriarty, el mayor villano que Sir Arthur Conan Doyle pudo enfrentar a su más célebre personaje. Holmes y su fiel escudero, el doctor John Watson, intentan desbaratar los planes del que es la mente criminal más brillante del continente, además de un igual del detective intelectualmente, por gran parte de Europa central.
La película engancha al espectador con facilidad desde los primeros compases. Contiene los principales ingredientes del cine de Ritchie en general y de la primera parte de las aventuras del más famoso detective de todos los tiempos en particular; como, por ejemplo, mucho ritmo, una fotografía muy vistosa y alguna filigrana técnica. La película resulta vibrante, espectacular, con un humor inteligente y una trama resuelta de forma aun más brillante. También es tan rica en frases memorables como lo fue la primera parte.
Robert Downey Jr. (Ironman) es un actor carismático que parece haberse especializado en personajes excéntricos, y son papeles que resuelve con maestría, su interpretación de Holmes en esta segunda parte es tan clavada y redonda como lo fue en la primera entrega. A su lado, Jude Law (The Holiday) vuelve a mostrarse certero como Watson, un personaje algo más simple y con menos matices que el del detective, pero complicado de todos modos. En esta ocasión, Noomi Rapace (la Lisbeth Salander de la versión sueca de la trilogía Millennium) acompaña al dúo principal interpretando a una adivina gitana, y tiene el principal papel femenino, en detrimento de Rachel McAdams (Mean Girls), cuyo personaje de Irene Adler pierde peso en esta segunda parte.
Como curiosidad, y para que el gran público entienda la magnitud del rival de Holmes, huelga mencionar que Doyle pensó en Moriarty como el personaje que acabara con Holmes, matándolos a los dos en una célebre escena final, y así dejar de escribir sobre el detective, algo que había hecho durante años y que, al parecer, le empezaba a cansar. Pero el autor tuvo que rectificar sus planes iniciales a petición popular.





